UZBEKISTÁN Y LAS PREGUNTAS MOLESTAS – PARTE 2

Samarcand de noche 9181

Titulo alternativo:  UZBEKISTÁN Y EL ÚNICO DÍA EN 8 MESES QUE ME CALENTÉ

Como conté anteriormente, a los uzbek@s les gusta conversar y preguntar cosas, y hay preguntas en las que son particularmente insistentes e insoportables.

Por ejemplo, en el post anterior les conté que si uno interactúa con un uzbek@ este va a formular sí o sí  la pregunta+auto-respuesta: ¿Qué haces acá? ¿Turista?

Pero hay otras preguntas con las cuales el 80% de los uzbek@s son implacables y que resultan extremadamente fastidiosas para un occidental.

Son preguntas relacionadas con el dinero y con lo material.

Una de las primeras cosas que te preguntan es ¿Cuánto es el sueldo promedio en Argentina?, y ¿Cuánto es tu sueldo?

Muchas veces te preguntan “¿cuánto ganas?” incluso antes de preguntarte tu nombre o tu país. Es algo curioso e incómodo. Imagínense que acaban de conocer a alguien en la calle, y a los 5 segundos lo primero que te pregunta es ¿cuánto ganas?; para mí, y creo que para el 70% de los occidentales, es un pregunta inapropiada, fuera de contexto y hasta molesta.

Los sueldos en este país son bajos y los buenos trabajos escasean, es por eso que mucha gente aquí está muy pendiente del dinero y de lo material. Piensan mucho en eso y hablan mucho del tema.


En mi segundo día en Uzbekistán, fui a comer a un restaurante con una familia Argentina que había conocido una semana atrás en Tayikistán. Antes de ordenar la comida siempre me fijo el menú y los precios, la verdad es que el restaurante era muy lindo y los precios muy bajos para el bolsillo de un Argentino.

La cena estuvo muy bien, comimos rico y variado. Cuando llegó la cuenta me di cuenta de que todo fue muy económico por suerte, pero… había un ítem que no sabía que era y que sumaron a la cuenta: no era mucho dinero pero quería saber que era.

-¿QUÉ ES ESTO? -Pregunté señalando el ítem desconocido en la factura.

-¡SERVILLETAS!, ¡Las servilletas también cuestan dinero! -dijo el mozo sonriendo con cara de “por Dios, ¡¡¡qué preguntonta!!!”.

¡Qué país tan raro!, No me cobran servicio de mesa pero me cobran las cuatro servilletas azules y miserables que había allí. ¡¡¡Cuatro!!!, ¡Ni 5 ni 7 servilletas! ¡¡¡Cuatro!!!


A diferencia del resto de Asia Central, en Uzbekistán la gente es menos hospitalaria y es difícil que te inviten a sus casas. Esto se debe a ciertos hechos históricos (la Masacre de Andijan en 2005 por ejemplo) y también a una ley relativamente reciente que prescribe que el extranjero tiene que registrarse en hoteles o hostels cada tanto, lo que dificulta la posibilidad de alojarse con los locales.

En este contexto, me las ingenié para no romper la ley y para alojarme con familias locales. Es así que pasaba dos o tres días con una familia, y luego me registraba por una o dos noches en un hostel económico. Repetí esta secuencia hasta el fin de mis días en el país.

NUKUS familia cerca 9760

La familia divina pero el señor de remera verde…

Pasé mis últimos días en la ciudad de Nukus, donde me alojé en la casa de Serik (42), Neska (42), Yandos (21), Gaujar (15) y Aya (2). También vive con la familia la mujer de Yandos, ella es la Kelin de la casa y se llama Yunduz (21).

La familia es encantadora con excepción del padre: alto hinchapelota y pariente cercano de los cavernícolas. Los miembros de la familia hablan cuatro idiomas cada uno (Uzbeko, Kazajo, Ruso y Karakalpako), son educados y agradables, en cambio el “jefe” de la casa, Serik, es más parecido a Homero Simpson que a un padre de familia típico de Asia Central.

No hubo día que no me preguntara por cosas materiales. Desde el primer momento me preguntó por el sueldo medio de argentina, por mi sueldo, ¡y no le bastó! También me preguntó (como una ametralladora) por el sueldo de mi padre, de mi madre, de mis hermanos y hasta de mis vecinos, ¡¡¡como si yo lo supiera!!!

Creo que en esos días hasta me preguntó por el sueldo del presidente de Argentina; información que en aquel momento no tenía actualizada y que, a mi gran pesar, no sació la curiosidad de Serik.

Tan insoportables eran sus preguntas y su presencia que me pasaba gran parte del día en la calle paseando, explorando y conociendo gente.


Una noche fui a una parada de taxi para volver a mi casa a la casa de la familia Uzbeka que me estaba alojando. Había un grupo de cinco taxistas, fumando  y conversando. Encaré al grupo y les dije: “Tengo que ir a esta dirección, 5000 COM, no más” (¡5000 COM es nada! Serían unos 17 Pesos Argentinos).

Después de regatear unos segundos, uno de los conductores me dijo que sí. Antes de irme, un taxista muy alto se me acercó y preguntó:

-¿De dónde sos?

-De Argentina.

-¡¡¡Ohhhh!!! ¡¡¡Woaw!!! ¡¡¡Cómo Messi!!!

-Sí, Messi es Argentino.

-Messi es rico -pienso que lo dijo como un enunciado.

-Sí, Messi es rico.

-¿Cuanto es el sueldo de Messi?

A esa altura el vago no sabía ni mi nombre, ni qué hacía en su país, ni nada, pero empezó con esa pregunta.

-No sé, Messi es multimillonario, ni él sabe cuánto gana.

-¿Y vos, sos millonario como Messi?

A ver… ¿cómo les explico? Tuve que bancarme las preguntas boludas de los uzbekos durante 29 días (eran mis últimos días en Uzbekistán) y a esta altura, cualquier pregunta boluda ya me agotaba y hasta me irritaba.

-No, no soy millonario como Messi.

-¿Cuánto es tu sueldo? ¿Mucho?

-No mucho.

Con una sonrisa de idiota y como si fuera mi compinche de toda la vida dijo:

-Ahhh… Daleeee… Decime a ver ¿cuánto es tu salario? ¡Exactamente!

-Mira, no tengo tiempo ni ganas de hablar con vos.

Mientras me subía al taxi destartalado, el taxista tan alto como idiota me decía riendo:

-¡Daleeee…. Decilo! Sos rico también, Siiiii… vos sos rico como Messi -lo dijo riendo y haciendo el “give me five” con sus colegas.

Una vez dentro del auto, estaba caliente. Creo que estaba tan enojado que me puse de color rojo y hasta me olvidé de respirar por unos segundos.

Quizás al que lee esto no le parezca para tanto, pero después de tener que tolerar conversaciones parecidas todos los días, ya estaba bastante harto -sí, yo que soy bastante tranquilo, me empezaron a sacar la paciencia-. Ese flaco me hizo calentar, pero no me salió mandarlo al carajo, primero porque no hizo nada con maldad -es así por su cultura y por lo que le tocó vivir-, y segundo porque no me sale natural putear a la gente -a un político corrupto puede ser, pero a la gente común no-.


Ya con la calentura que me generó este último pelmazo -“pelmazo”¡que buena palabra! – y con el fastidio acumulado de las bolu-preguntas de los últimos 29 días, fui a la casa de la familia que me estaba alojando para despedirme, pues después de la cena tenía que tomar un tren a Kazakhstan.

La casa estaba arreglada como siempre, pero se la notaba un poco más linda y radiante, seguramente debido a mi despedida.

La madre y la *Kelin prepararon una comida típica que nunca había visto, era como un “Beshbarmak” pero con una pasta en forma de monedas gruesas.

Durante la cena, les mostré algunas fotografías impresas y les dije que podían elegir dos como regalo. Al padre no le interesó o no me escucho, pero la hija adolescente eligió alegremente dos: una de mi hermana con su marido en un restaurante, y la otra de unos niños Correntinos jugando en la calle.

En la entremesa, todos estábamos echados en la alfombra y apoyados en los almohadones mientras hacíamos la digestión. Fue entonces cuando Serik empezó otra vez con sus preguntas insoportables.

Me preguntó, con mucho interés y desbordado entusiasmo: “¿Pablo, cuánto gastas por día?”, “¿Cuánto salió el pasaje de avión?”, etc, etc.

Respondí todas sus preguntas pero hubo una que me pareció rara y me hizo sentir incómodo. Me preguntó: “¿Cuánto dinero tenés ahora, en este momento?”

Ya me había hecho esa pregunta el día anterior, pero la esquivé y no la respondí. Ahora no podía ni tenía ganas de esquivarla, pero les voy a contar algo: yo ya estaba harto y cansado de las preguntas de Serik.

Como dije, estábamos todos en el living, echados y cómodos. Yo estaba mirando la televisión (había una película de Zombis) mientras tomaba té y conversaba con los demás. De alguna manera, me encontraba dándole la espalda a Serik, pues quería evitar que me mirara y me preguntara boludeces.

Cuando me hizo esa pregunta otra vez, me voltee furioso y lo miré fijo a los ojos con mucha seriedad (no podía disimular mi descontento). Le hablé sin levantar la voz pero con firmeza:

-Serik, ya me preguntaste eso ayer y la verdad no entiendo por qué te interesa tanto ni cuál es tu intención. No sé por qué te interesa saber cuánto dinero tengo conmigo en este momento. Pero te voy a decir algo: en el continente americano y en Europa, es muy inapropiado y de mala educación hacer este tipo de preguntas. Si no lo sabías, te lo digo ahora para que lo sepas. No le voy a responder y le pido que no me lo pregunte otra vez.

El tipo se quedó callado y confundido. Parece que le di mucha información junta por quedó como en cortocircuito y con los ojos desorbitados. Me respondió apresuradamente:

-Sí sí sí, discúlpame, entendí.

No sé cómo lo tomó pero se quedó en silencio por un buen rato. Disfrutar de la película de Zombis o del resto de la familia fue en vano, ya me hizo calentar y estaba colorado como un tomate, alojándome en la casa de un tipo que me hizo y me hacía sentir incómodo.

Increíblemente, 5 minutos después, Serik -como cambiando de tema para liberar la tensión- me señaló su televisor de plasma -sí, no tenían auto ni muchas cosas, pero tenían un plasma enorme- y me preguntó:

-¿En tu casa el televisor es así o más grande?

Como un Zombi y tratando de abstraerme lo más posible de la situación respondí:

-Tu televisor es un poquito más grande Serik, y definitivamente más nuevo.

Agradecí a todos por la comida y por el alojamiento, y después de regalar unos chocolates me fui a tomar el tren.

con el padre hinchapelota NUKUS UZ

Posando con uno de los tipos mas insoportables que conocí en mi vida

Ya en mi compartimiento y mirando al horizonte por la ventana del vagón, me sentí aliviado de estar viajando a Kazakhstan. Suspiré varias veces mientras abandonaba “el país de las preguntas molestas” y no por nostalgia sino porque sabía que estaba yendo a un mejor lugar.

“KAZAKHSTAN, DULCE HOGAR”

Tan pronto como crucé la frontera y puse un pie en Kazakhstan, me di cuenta de que nadie me hacía esas preguntas. Al subirme a un colectivo o a un taxi, nadie me preguntó -ni siquiera- “¿de dónde sos?”

La población de Kazakhstan tiene un nivel educativo y un estándar de vida considerablemente mayores al que tiene la gente en Uzbekistán. Pareciera que (a nivel poblacional, no me refiero a casos particulares) a mayor educación, la gente se mete menos en tu vida y es menos chismosa. Al contrario, con menos educación, la gente se mete más en la vida de los demás y florecen ciertos hábitos desagradables como el chusmerío o la envidia, etc.

Estaba contento de visitar este país por segunda vez. Ya me imaginaba aventuras en nuevas ciudades, y sonreía con el solo hecho de pensar en que visitaría a varios amig@s otra vez.

A su vez, los días siguientes fueron días de recogimiento y reflexión. Pensé mucho sobre lo que me había dejado Uzbekistán y sobre lo que escribiría de aquel país en mi futuro libro. Hay que ser muy cuidadoso con lo que uno escribe y ser lo más imparcial posible.

Los viajes nos enseñan cosas: siempre trato de mejorarme como persona y de preocuparme solo por las cosas que son realmente importantes; pero esos días en Uzbekistán me enseñaron que todavía me falta mucho por aprender, y que tengo menos paciencia de la que pensaba.

Voy a contarles mis conclusiones en otro post, aquí solo quiero contarles esta anécdota de la cual todavía no puedo reírme, pues tengo que esperar un tiempo más para poder recordarla como algo gracioso. Nos vemos!

 

*Kelin: en las familias musulmanas -al menos en Asia Central-, es el nombre que se le da a una mujer que esta casada y que vive en la casa de sus suegros junto a su marido. Ser Kelin significa que uno vive con su marido en la casa de sus suegros y que tiene ciertas obligaciones y responsabilidades, por ejemplo: cocinar y limpiar no solo para su marido y su familia, sino también para sus suegros. Hay chicas que se sienten orgullosas de ser Kelin pues es parte de su cultura, y otras más modernas a las que no les gusta la idea.

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